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Carta del Prelado (junio 2010) junio 7, 2010

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Las numerosas celebraciones litúrgicas de este mes de junio sirven de guía a la carta que el Prelado del Opus Dei dirige a los fieles de la Obra.

06 de junio de 2010

PDF: Carta del Prelado (junio 2010)Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

El Sacrificio eucarístico, al que Cristo nos convoca cada día, nos introduce en el corazón del Misterio pascual. Cada vez que celebramos o asistimos a la Santa Misa, participamos en el supremo acto de amor que Cristo realizó en la Cruz, y al que ordenó toda su vida. Pero hay momentos y circunstancias en que la adoración y la acción de gracias, la reparación y la súplica que elevamos a Dios por Cristo, en la Santa Misa, adquieren un relieve especial.

A este júbilo y gratitud a Dios por un don tan grande —que hemos de actualizar en cada jornada— se unen las celebraciones litúrgicas de las solemnidades que hemos celebrado o celebraremos en estos días, porque nos ponen en íntima comunión con diversos aspectos del misterio de Cristo y nos comunican al mismo tiempo gracias específicas.

Los Hechos de los Apóstoles narran que, en la Iglesia primitiva, el Espíritu Santo se manifestó en Pentecostés como viento impetuoso y como lenguas de fuego que se posaban sobre las cabezas de los Apóstoles, llenándolos de sus dones y otorgándoles la paz que el mismo Maestro les había prometido: la paz os dejo, mi paz os doy[1]. Por medio de esos signos de la venida del Espíritu Santo, el Señor nos da a conocer también los efectos de la acción del Paráclito en las almas que se abren dócilmente a su gracia.

En el viento impetuoso que se menciona, descubrimos la fuerza divina capaz de doblegar los obstáculos más formidables, y también el aire fresco que disipa las nubes tóxicas que muchas veces envenenan el ambiente. Este símbolo —explica Benedicto XVI— «hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, tanto con los pulmones, el aire físico, como con el corazón, el aire espiritual, el aire saludable del espíritu, que es el amor»[2]. Las lenguas de fuego nos hablan del Amor encendido con el que quiere inflamar los corazones de los hombres. Esa llama «ha descendido sobre los Apóstoles reunidos, ha prendido en ellos y les ha comunicado el nuevo ardor de Dios. De este modo se realiza lo que había predicho el Señor Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y qué quiero sino que se encienda!” (Lc 12, 49). Los Apóstoles, junto con los fieles de las diversas comunidades, han llevado esta llama divina hasta los extremos confines de la tierra; y así han abierto un camino a la humanidad, un camino luminoso, y han colaborado con Dios, que con su fuego desea renovar la faz de la tierra»[3].

Agradezcamos a la Virgen su intercesión constante para volvernos más sensibles a las inspiraciones del Espíritu Santo, como les sucedió a los Apóstoles reunidos alrededor de Ella en el Cenáculo. Pienso especialmente en los bienes que nos ha conseguido durante el mes de mayo, en el que hemos procurado honrarla con verdadera piedad filial, y me detengo concretamente en la intimidad que nos ha invitado a mantener con Jesús.

Por otra parte, el domingo pasado, fiesta de la Santísima Trinidad, ha sido una llamada más del Cielo para que nuestros pensamientos y nuestros corazones estén allí donde se encuentran los verdaderos goces: junto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, único Dios que llena el universo, que habita por la gracia en nuestros corazones y que desea admitirnos a la comunión definitiva de su misma vida en la gloria del Cielo. ¿Cómo hemos rezado el Trisagio Angélico durante las jornadas que precedían a la fiesta? ¿Hemos hecho eco a los Ángeles en su alabanza perenne a la Santísima Trinidad? Y una vez pasada la fiesta, ¿seguimos con el afán de tratar a cada una de las Personas divinas, distinguiéndolas sin separarlas?

Quiero referiros una anécdota. En el oratorio del Padre, en el Colegio Romano de la Santa Cruz, sobre el mármol frontal del baldaquino, se grabaron las palabras BENEDICTA SIT SANCTA TRINITAS ATQUE INDIVISA UNITAS. Cuando San Josemaría acudió —muchas veces, pero todavía en obras— a ese lugar, ya no veía bien. Sabía de sobra el texto de la inscripción, pero siempre preguntaba, invitando a rezar: ¿qué está escrito ahí? Ojalá toda nuestra vida sea una alabanza al Dios Uno y Trino.

Ahora nos preparamos para las solemnidades del Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús, tan unidas entre sí no sólo en el tiempo, sino porque conmemoran dos manifestaciones de la inmensa complacencia que Dios ha puesto en los hombres. El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua (Jn 19, 34). Agua y sangre de Jesús —predicaba nuestro Padre— que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta el consummatum est (Jn 19, 30), el todo está consumado, por amor[4].

Precisamente en la solemnidad del Sagrado Corazón, el 11 de junio, finaliza el Año sacerdotal. Continuemos rezando y moviendo a otras personas a rezar por las vocaciones sacerdotales, por la santidad de los sacerdotes y de todo el pueblo cristiano. Pido al Señor que ese clamor, que hemos intentado incrementar a lo largo de los meses pasados, no cese nunca en nuestras almas; también para acallar a quienes atacan la gran maravilla del sacerdocio.

Hace unos días fui en peregrinación a Turín para rezar ante la Sábana Santa expuesta a la veneración de los fieles. Causa verdadera impresión pensar cuánto sufrimiento le hemos costado al Señor. Como dijo Juan Pablo II, «la Sábana Santa es espejo del Evangelio. En efecto, si se reflexiona sobre este lienzo sagrado, no se puede prescindir de la consideración de que la imagen presente en ese lienzo tiene una relación tan profunda con cuanto narran los evangelios sobre la pasión y muerte de Jesús, que todo hombre sensible se siente interiormente impresionado y conmovido al contemplarlo»[5].

He ido a venerar la Síndone acompañado de todas y de todos —como hago siempre en mis viajes— para pedir al Señor que inflame nuestros corazones con el fuego del Espíritu Santo. Como comentaba Benedicto XVI pocas semanas atrás, al regresar de su estancia en la capital del Piamonte, «ese lienzo sagrado puede nutrir y alimentar la fe, y reavivar la piedad cristiana, porque impulsa a ir al Rostro de Cristo, al Cuerpo del Cristo crucificado y resucitado, a contemplar el Misterio pascual, centro del mensaje cristiano»[6].

Ver a Dios, contemplar el rostro de Jesucristo, ser eternamente feliz con la visión de la gloria divina, constituye el deseo más hondo de todas las criaturas humanas, aunque millones de personas no sean conscientes de esa aspiración. Me viene a la memoria el afán de nuestro Padre por contemplar la faz del Señor. Nos comentaba que ese deseo es razonable. Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. Vultum tuum, Domine, requiram (Sal 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos —añadía, sobre todo en los últimos años de su existencia terrena—, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras… sino cara a cara (1 Cor 13, 12). Sí, hijos, mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios? (Sal 41, 3)[7].

Fomentemos también nosotros esa aspiración, buscando a Jesucristo en el Tabernáculo —donde se encuentra realmente presente— y en nuestra alma en gracia. Tratemos de encontrarlo también en los miembros de la Iglesia, su Cuerpo místico, especialmente en los más desvalidos: los enfermos, los pobres, los que sufren persecución a causa de sus convicciones religiosas, los que padecen muchos otros tipos de injusticia en tantos lugares del mundo. Nadie nos debe resultar indiferente; todos estamos llamados a ser miembros del Cuerpo de Cristo, que resucitó y sigue operante en la historia; «miembros vivos, cada uno según la propia función, es decir, con la tarea que el Señor ha querido encomendarnos»[8], mediante la incorporación a Sí mismo en el Bautismo.

En la hondura amabilísima de este sacramento arraiga nuestro ser cristiano. Nuestra llamada a la santidad y al apostolado se concreta en sabernos mediadores en Cristo Jesús para la salvación del mundo. ¡Qué claras nos resultan las siguientes palabras de San Josemaría! Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que —siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial— capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación[9].

Saboreemos estas consideraciones ahora que finaliza el Año sacerdotal, y tratemos de sacar consecuencias personales. Nos puede servir otra confidencia de San Josemaría en Forja: Cristo Jesús, Buen Sembrador, a cada uno de sus hijos nos aprieta en su mano llagada —como al trigo—; nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!…; y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano[10].

En primer lugar, el Señor nos inunda con su Sangre por medio de los sacramentos, y así nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!: nos conduce a la santidad. Pero sólo si queremos, si dejamos obrar al Paráclito, que es el Artífice de nuestra identificación con Jesús.

Hemos de buscar el contacto con la Humanidad Santísima del Señor en la Penitencia y en la Eucaristía. Hemos de asimilar sus enseñanzas, no sólo leyendo la Sagrada Escritura y con afán de adquirir y mejorar la formación doctrinal, sino permaneciendo en diálogo sincero con Él en la oración: implorando que su Palabra penetre hasta lo más recóndito de nuestro pobre yo y empape nuestros afectos y deseos. Y hemos de desear que Él nos conduzca: seguir sus huellas, aprender de sus virtudes, para identificarnos más y más con su modo de sentir, de comprender y de amar.

Una vez que el Espíritu Santo realiza estas operaciones en nosotros —o mejor, al mismo tiempo—, el Señor nos echa por el mundo, como el sembrador lanza a voleo los granos de trigo en el surco, para que den fruto; siendo nosotros mismos unión entre Dios y los hombres, gracias a nuestra alma sacerdotal. Los ministros sagrados poseen además el sacerdocio ministerial recibido en el sacramento del Orden, que les capacita para actuar in persona Christi Capitis, para que Cristo Cabeza de la Iglesia esté presente en las celebraciones litúrgicas.

En el Opus Dei, el Señor nos ha dado una llamada específica, dentro de la común vocación cristiana, que nos impulsa a servirle con el espíritu que San Josemaría encarnó desde 1928. Sobre la base del carácter bautismal, la gracia específica de la llamada a la Obra nos empuja a ayudar a Cristo en la salvación de las almas, siempre, pero no porque seamos mejores que los demás. Jesucristo es el único Mediador entre los hombres y Dios[11], pero desea que colaboremos con Él en esa tarea.

Primero hemos de unirnos muy piadosamente al Sacrificio de Cristo en la Misa. La vida entera, por esa vinculación a la Eucaristía, se convierte en un acto de adoración, de acción de gracias y de reparación: se transforma en entrega total de nuestra persona y de nuestro operar, como instrumentos de Jesucristo en el mundo. Convirtiendo nuestra jornada en una Misa —como decía nuestro Padre—, somos verdaderamente almas de Eucaristía: hombres y mujeres que se esfuerzan por reproducir en toda su conducta la del divino Maestro.

Estamos entonces en condiciones de ayudar a que todas las personas reciban los frutos de la Redención; nos convertimos en instrumentos de Cristo para enseñar a los demás su doctrina, para acercarlos a la fuente de la gracia que son los sacramentos y para conducirlos por las sendas de la vida eterna, planteándonos estas mismas fases en nuestro caminar cotidiano. Bajo la guía del Espíritu Santo, acompañaremos verdaderamente los pasos del Señor y se realizará en nosotros aquella aspiración de San Josemaría: dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con Él[12].

Se acerca un nuevo aniversario del tránsito de nuestro Padre a la casa del Cielo. Acudamos con fe a su intercesión, en las semanas que aún faltan hasta el 26 de junio, para que, siguiendo fielmente su ejemplo y sus enseñanzas, también nosotros sepamos conformar nuestras vidas con la vida de Cristo, hasta ser una sola cosa con Él.

El día anterior recordaremos la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, que tanta huella de fidelidad nos han transmitido. Estuvieron siempre “a la de Dios”, y por eso supieron ser enteramente dóciles a lo que nuestro Padre les pedía, para hacer fielmente el Opus Dei en servicio de la Iglesia. De ellos se decía, refiriéndose también a nuestro Fundador: los ha ordenado y ahora los “mata” de trabajo. Fijémonos en cada uno —tanto los sacerdotes como los seglares— para aprender a no decir nunca “basta” ante las exigencias de nuestra alma sacerdotal.

Seguid muy unidos a mi oración y a mis intenciones. Me apoyo especialmente en los enfermos —que nunca faltan en la Obra— y en quienes sufren por un motivo u otro. Si unen sus padecimientos a la Cruz de Cristo, ofreciendo con alegría sus penas y dolores, pueden convertirse —en medio de su fragilidad— en columnas firmes que nos sostienen a los demás.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de junio de 2010.

[1] Jn 14, 27.

[2] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de Pentecostés, 31-V-2009.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de Pentecostés, 23-V-2010.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 162.

[5] Juan Pablo II, Discurso en Turín, 24-V-1998.

[6] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 5-V-2010.

[7] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1973.

[8] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 5-V-2010.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120.

[10] San Josemaría, Forja, n. 894.

[11] Cfr. 1 Tm 2, 5.

[12] San Josemaría. Vía Crucis, XIV estación.

documento tomado de opusdei.es

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